8 de marzo de 2011

El ánimo de un guerrero. (3/3)

Capítulo XI del libro “Viaje a Ixtlán” de Carlos Castaneda

Domingo, septiembre 3, 1961.

Don Juan no estaba en la casa cuando desperté. Trabajé en mis notas y tuve tiempo de juntar leña en el chaparral circundante antes de que él regresara. Me hallaba comiendo cuando entró en la casa. Empezó a reír de lo que llamaba mi rutina de comer al mediodía, pero tomó de mis emparedados.
Le dije que lo ocurrido con el puma era desconcertante para mí. En retrospectiva, parecía enteramente irreal. Era como si todo se hubiera escenificado para mi beneficio. La sucesión de eventos fue tan rápida que no tuve en realidad tiempo de asustarme. Tuve tiempo para actuar, pero no para deliberar sobre mis circunstancias. Al escribir mis notas se planteó la interrogante de si había visto realmente al puma. La alucinación de la rama seca estaba todavía fresca en mi memoria.

-Era un puma -dijo don Juan en tono imperioso.
-¿Era un verdadero animal de carne y hueso?
-Seguro.

Le dije que mis sospechas habían despertado a causa del fácil desarrollo de todo el evento. Era como si el gato hubiera estado allí aguardando y hubiera sido entrenado para hacer exactamente lo que don Juan planeara.
Mi alud de observaciones escépticas no le hizo la menor mella. Se rió de mí.
-Eres un tipo chistoso -dijo-. Tú viste y oíste al gato. Estaba abajito del árbol donde tú estabas. Si no te olfateó y te saltó fue por los mimbres. Matan cualquier otro olor, hasta para los gatos. Tú tenías en los brazos una carga de lodo.
Dije que no era que dudara de él, sino que todo lo ocurrido aquella noche era extremadamente ajeno a los sucesos de mi vida cotidiana. Durante un rato, al escribir mis notas, tuve incluso el sentimiento de que don Juan podía haber hecho el papel de león. Sin embargo, hube de descartar la idea porque yo había visto realmente la silueta oscura de un animal de cuatro patas lanzándose hacia la jaula y luego saltando a la meseta.

-¿Por qué te haces tanto lío? -dijo él-. No era más que un gato grande. Ha de haber miles de gatos en esos montes. Gran cosa. Como de costumbre, diriges la atención a donde no debes. No importa para nada que fuera un puma o mis calzones. Lo que sentías en ese instante era lo que contaba.
En toda mi vida, yo nunca había visto ni oído la ronda de un gran felino salvaje. Al pensar en ello, no podía reponerme del hecho de haber estado a tan poca distancia de uno.

Don Juan escuchó pacientemente mientras yo repasaba toda la experiencia.
-¿Por qué tanta reverencia con el gatote? -preguntó con expresión inquisitiva-. Has estado cerca de casi todos los animales que viven por aquí y jamás te han impresionado tanto. ¿Te gustan los gatos?
-No.
-Bueno, entonces olvídalo. De cualquier modo, la lección no tenía nada que ver con cazar leones.
-¿Y con qué tenía que ver?

-El cuervito me señaló ese sitio específico, y en ese sitio vi la oportunidad de hacerte entender cómo actúa uno cuando tiene ánimo de guerrero.
"Todo lo que hiciste anoche lo hiciste con un ánimo correcto. Tenías control y a la vez estabas abandonado cuando saltaste del árbol para recoger la jaula y llevármela corriendo. No te paralizó el miedo. Y luego, casi en lo alto del risco, cuando el león soltó un grito, te moviste muy bien. Estoy seguro de que no creerías lo que hiciste si vieras el risco de día. Tenías cierto grado de abandono, y al mismo tiempo cierto grado de control sobre ti mismo. No te soltaste al grado de orinarte en los calzones, pero te soltaste y trepaste ese muro en completa oscuridad. Podrías haber dado un paso en falso y matarte. Trepar ese muro en la oscuridad requería que te contuvieras y te soltaras al mismo tiempo.
Eso es lo que yo llamo el ánimo de un guerrero."

Dije que cuanto hubiese hecho aquella noche fue el producto de mi miedo, y no el resultado de ningún estado de dominio y abandono.
-Lo sé -dijo, sonriendo-. Y quise enseñarte que te puedes espolear más allá de tus límites si estás en el ánimo correcto. Un guerrero crea su propio ánimo. Tú no lo sabías. El miedo te metió en el ánimo de un guerrero, pero ahora que lo conoces, cualquier cosa puede servir para que te metas en él.

 Quise discutir, pero mis razones no eran claras. Experimentaba una molestia inexplicable.
-Es conveniente actuar siempre con ese ánimo -prosiguió-. Acaba con la idiotez y lo deja a uno purificado. Te sentiste muy bien cuando llegaste a la cima del risco. ¿O no?
Le dije que comprendía lo que me estaba diciendo, pero sentía que sería idiota tratar de aplicar sus enseñanzas a mi vida cotidiana.

-Uno necesita el ánimo de un guerrero para cada uno de sus actos -dijo-. De otro modo uno se enchueca y se afea. No hay poder en una vida que carece de este ánimo. Mírate tú mismo. Todo te ofende y te inquieta. Chillas y te quejas y sientes que todo el mundo te hace bailar a su son. Eres una hoja a merced del viento. No hay poder en tu vida. ¡Qué feo debe de sentirse eso!

"Un guerrero, en cambio, es un cazador. Todo lo calcula. Eso es control. Pero una vez terminados sus cálculos, actúa. Se deja ir. Eso es abandono. Un guerrero no es una hoja a merced del viento. Nadie lo empuja; nadie lo obliga a hacer cosas en contra de sí mismo o de lo que juzga correcto. Un guerrero está entonado para sobrevivir, y sobrevive del mejor modo posible."

Me gustó su posición, aunque la consideré falta de realismo. Parecía demasiado simplista para el complejo mundo donde yo vivía.
Río de mis argumentos y yo insistí en que el ánimo de un guerrero no podía en modo alguno ayudarme a superar el sentimiento de ofensa, o el daño concreto, nacidos de las acciones de mis semejantes, como en el caso hipotético de ser vejado físicamente por una persona cruel y maliciosa colocada en una posición de autoridad.
Se carcajeó y admitió que el ejemplo venía al caso.

-Un guerrero podría sufrir daño, pero no ofensa -dijo-. Para un guerrero no hay nada ofensivo en los actos de sus semejantes mientras él mismo esté actuando dentro del ánimo correcto.

"La otra noche, no te ofendiste con el gato. El hecho de que nos persiguió no te hizo enojar. No te oí maldecirlo, ni te oí decir que no tuviera derecho a seguirnos. Fácilmente podría haber sido un gato cruel y malicioso. Pero eso no te preocupaba mientras tratabas de huirle. Lo único que venía al caso era sobrevivir. Y eso lo hiciste muy bien.
"Si hubieras estado solo y el puma te hubiera al canzado y hecho garras, jamás habrías pensado siquiera en quejarte o en sentirte ofendido por sus actos."

"El, ánimo de un guerrero no es tan descabellado para tu mundo ni para el de nadie. Lo necesitas para salirte de todas las idioteces."

Expliqué mi forma de razonar. El puma y mis se mejantes no estaban en el mismo nivel, porque yo conocía los recovecos humanos pero no sabía nada del puma. Lo que me ofendía de mis semejantes era que actuaban con malicia y a sabiendas.

-Ya sé, ya sé -dijo don Juan con paciencia-. Lograr el ánimo de un guerrero no es cosa sencilla. Es una revolución. Considerar iguales al puma y a las ratas de agua y a nuestros semejantes es un acto magnífico del espíritu del guerrero. Se necesita poder para llevarlo a cabo.

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