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29 de agosto de 2011

Morir en la pavada.


Una vez un mendocino, que andaba repechando en la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.
No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a su patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados.
Viendo que más o menos era el tamaño de los otros, fue y lo colocó a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que cuando empezaron a romper los casacarones los pavitos, también lo hizo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de condor, como usted lo oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.