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16 de febrero de 2012

El cuervo.


Un cuento del Bhagawat Purana:

Una vez volaba un cuervo por el cielo llevando en su pico un trozo de carne.
Otros veinte cuervos se pusieron a perseguirle y le atacaron sin piedad.
 
El cuervo tuvo que acabar por soltar su presa. Entonces, los que le perseguían le dejaron en paz y corrieron, graznando, en pos del trozo de carne.
Y se dijo el cuervo "¡Qué tranquilidad...! Ahora todo el cielo me pertenece"
 
Decía un monje Zen:
"Cuando se incendió mi casa pude disfrutar por las noches de una visión sin obstáculos de la luna".
 
Anthony De Mello "El canto del Pájaro".

12 de febrero de 2012

Transitoriedad.


Un hombre que no estaba de acuerdo con las enseñanzas del Buda, al cruzarse un día con el Maestro, se plantó frente a él y le escupió el rostro. Luego, cada uno siguió su camino. Pero unos días después, el Buda volvió a cruzarse con el que así se había comportado.  Buda le miró sosegadamente y le sonrió con afecto. El hombre, muy extrañado, dijo: Pero ¿cómo es posible que estés tranquilo e incluso me sonrías amistosamente después de lo que pasó hace unos días? Es muy simple, amigo mío, dijo Buda sin inmutarse. Ni tú eres ya el mismo que me escupió ni yo el que lo recibió. Ve en paz.

Todo está en constante cambio, sometido a la ley de la transitoriedad, incluidos, por supuesto, los humores del ser humano. Del rencor sólo surge perjuicio propio y ajeno, como vengativismo y resentimiento destilan veneno.


De Cuentos de Oriente de Ramiro Calle.

6 de febrero de 2012

El hombre y la hormiga.

Se fue a pique un día un navío con todo y sus pasajeros, y un hombre, testigo del naufragio, decía que no eran correctas las decisiones de los dioses, puesto que, por castigar a un solo impío, habían condenado también a muchos otros inocentes.
Mientras seguía su discurso, sentado en un sitio plagado de hormigas, una de ellas lo mordió, y entonces, para vengarse, las aplastó a todas.
Se le apareció al momento Hermes, y golpeándole con su caduceo, le dijo:
-Aceptarás ahora que nosotros juzgamos a los hombres del mismo modo que tu juzgas a las hormigas.

28 de enero de 2012

Las dos justicias.

Caminaba un filósofo griego pensando en sus cosas, cuando vio a lo lejos dos mujeres altísimas, del tamaño de varios hombres puestos uno encima del otro. El filósofo, tan sabio como miedoso, corrió a esconderse tras unos matorrales, con la intención de escuchar su conversación. Las enormes mujeres se sentaron allí cerca, pero antes de que empezaran a hablar, apareció el más joven de los hijos del rey. Sangraba por una oreja y gritaba suplicante hacia las mujeres:
- ¡Justicia! ¡Quiero justicia! ¡Ese villano me ha cortado la oreja!
Y señaló a otro joven, su hermano menor, que llegó empuñando una espada ensangrentada.
- Estaremos encantadas de proporcionarte justicia, joven príncipe- respondieron las dos mujeres- Para eso somos las diosas de la justicia. Sólo tienes que elegir quién de nosotras dos prefieres que te ayude.
- ¿Y qué diferencia hay? -preguntó el ofendido- ¿Qué haríais vosotras?
- Yo, -dijo una de las diosas, la que tenía un aspecto más débil y delicado- preguntaré a tu hermano cuál fue la causa de su acción, y escucharé sus explicaciones. Luego le obligaré a guardar con su vida tu otra oreja, a fabricarte el más bello de los cascos para cubrir tu cicatriz y a ser tus oídos cuando los necesites.
- Yo, por mi parte- dijo la otra diosa- no dejaré que salga indemne de su acción. Lo castigaré con cien latigazos y un año de encierro, y deberá compensar tu dolor con mil monedas de oro. Y a ti te daré la espada para que elijas si puede conservar la oreja, o si por el contrario deseas que ambas orejas se unan en el suelo. Y bien, ¿Cuál es tu decisión? ¿Quién quieres que aplique justicia por tu ofensa?

El príncipe miró a ambas diosas. Luego se llevó la mano a la herida, y al tocarse apareció en su cara un gesto de indudable dolor, que terminó con una mirada de rabia y cariño hacia su hermano. Y con voz firme respondió, dirigiéndose a la segunda de las diosas.
- Prefiero que seas tú quien me ayude. Lo quiero mucho, pero sería injusto que mi hermano no recibiera su castigo.
Y así, desde su escondite entre los matorrales, el filósofo pudo ver cómo el culpable cumplía toda su pena, y cómo el hermano mayor se contentaba con hacer una pequeña herida en la oreja de su hermano, sin llegar a dañarla seriamente.
Hacía un rato que los príncipes se habían marchado, uno sin oreja y el otro ajusticiado, y estaba el filósofo aún escondido cuando sucedió lo que menos esperaba. Ante sus ojos, la segunda de las diosas cambió sus vestidos para tomar su verdadera forma. No se trataba de ninguna diosa, sino del poderoso Ares, el dios de la guerra. Este se despidió de su compañera con una sonrisa burlona:
- He vuelto a hacerlo, querida Temis. Tus amigos los hombres apenas saben diferenciar tu justicia de mi venganza. Ja, ja, ja. Voy a preparar mis armas; se avecina una nueva guerra entre hermanos...ja,ja,ja, ja.
Cuando Ares se marchó de allí y el filósofo trataba de desaparecer sigilosamente, la diosa habló en voz alta:

7 de octubre de 2011

La aldea y la vaca.


Un sabio con su discípulo llegaron a una aldea cuyos habitantes solo tenían una vaca. Su leche era todo lo que tenían para alimentarse, y de ella vivían. ¿Cómo podemos ayudarlos? preguntó el aprendiz. Mata a la vaca, fue la respuesta. Pero morirán de hambre, es lo único que tienen. Es lo único pero no es suficiente. Mata a la vaca. El joven obedeció a regañadientes y ambos siguieron su camino. ¿Por qué me has ordenado esto?, reclamaba apenado el novicio. Llegado el momento lo comprenderás. Justo una año después, el maestro propuso regresar a aquella aldea. Grande fue la sorpresa del discípulo cuando, contra todo lo que temía, se encontró con un pueblo feliz y próspero. ¿Qué ha sucedido aquí?, exclamó dirigiéndose al líder. Que ellos te lo cuenten. Y uno de los aldeanos tomó la palabra: Cunado descubrimos muerta a nuestra vaca, supimos que ya no podríamos vivir de su leche. Entonces buscamos una solución. Nos dimos cuenta de que estas tierras eran fértiles, así que sembramos trigo. Comimos una parte de la producción y vendimos el resto, y con ese dinero compramos unos animales. Ahora somos agricultores y vivimos mejor que nunca.

de Pequeñas Historias para grandes momentos de Walter Salama.

4 de octubre de 2011

La tristeza y la furia.


En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizás donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta...
En un reino mágico, donde las cosas no tangibles, se vuelven concretas...
Había una vez...
Un estanque maravilloso.
Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente....
Hasta ese estanque mágico y transparente se acercaron a bañarse haciéndose mutua compañía, la tristeza y la furia.
Las dos se quitaron sus vestimentas y desnudas las dos.
Entraron en el estanque.
La furia apurada (como siempre está la furia), urgida, sin saber por qué se bañó rápidamente y más rápidamente aún, salió del agua...
Pero la furia es ciega, o por lo menos, no distingue claramente la realidad, así que desnuda y apurada , se puso al salir, la primera ropa que encontró...
Y sucedió que esa ropa no era la suya, sino la de la tristeza...
Y así vestida de tristeza, la furia se fue.
Muy calma, y muy serena, dispuesta como siempre, a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y sin ningún apuro (o mejor dicho sin conciencia del paso del tiempo), con pereza y lentamente, salió del estanque.
En la orilla se encontró con su ropa ya no estaba.
Como todos sabemos, si hay algo que a la tristeza no le gusta es quedar al desnudo, así que se puso la única ropa que había junto al estanque, la ropa de la furia.
Cuentan que desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la furia, ciega, cruel, terrible y enfadada, pero si nos damos el tiempo de mirar bien, encontramos que esta furia que vemos, es solo un difraz, y que detrás del disfraz de la furia, en realidad... Está escondida la tristeza.


Jorge Bucay

Cuentos para pensar.

12 de septiembre de 2011

Estrellas de mar.

Había una vez un escritor, que vivía en una tranquila playa, junto a un pueblo de pescadores. Todas las mañanas caminaba por la orilla del mar para inspirarse, y durante las tardes se quedaba escribiendo.
Un día se desató una tormenta tan poderosa que parecía que el mar quería tragarse la playa.
Al otro día amaneció con una calma extraordinaria.
El color del mar era de un azul turquesa indescriptible, un arco iris partía de la playa y se perdía en la inmensidad del mar.
Esa mañana divisó un bulto que parecía bailar, al acercarse vió a un joven que recogía estrellas de mar que estaban diseminadas por miles en la costa.
¿Porqué hace eso? preguntó el escritor, levantando la voz?
No se da cuenta, replicó el joven, la marea baja y el sol brilla. Las estrellas se secarán y morirán si se quedan en arena. Joven, existen cientos de Kms. De costa y centenares y miles de estrellas de mar desparramadas por la arena.
¿Qué consigue con eso?, de cualquier forma la mayoría va a morir.
El joven tomó una, la arrojó al mar , y luego mirando fijo a los ojos del escritor le dijo, para esta ya he conseguido algo.
Aquella noche el escritor no concilió el sueño ni tampoco consiguió escribir.
Por la mañana muy temprano se dirigió a la playa, se reunió con el joven y juntos comenzaron  a devolver estrellas de mar al oceáno.

29 de agosto de 2011

Morir en la pavada.


Una vez un mendocino, que andaba repechando en la cordillera, encontró entre las rocas de las cumbres un extraño huevo. Era demasiado grande para ser gallina. Además hubiera sido difícil que este animal llegara hasta allá para depositarlo. Y resultaba demasiado chico para ser de avestruz.
No sabiendo lo que era, decidió llevárselo. Cuando llegó a su casa, se lo entregó a su patrona, que justamente tenía una pava empollando una nidada de huevos recién colocados.
Viendo que más o menos era el tamaño de los otros, fue y lo colocó a éste debajo de la pava clueca.
Dio la casualidad que cuando empezaron a romper los casacarones los pavitos, también lo hizo el pichón que se empollaba en el huevo traído de las cumbres. Y aunque resultó un animalito no del todo igual, no desentonaba demasiado del resto de la nidada. Y sin embargo se trataba de un pichón de cóndor. Si señor, de condor, como usted lo oye. Aunque había nacido al calor de la pava clueca, la vida le venía de otra fuente.

17 de agosto de 2011

Cazador de mariposas.


El venerable maestro Chow-Tse, con palabras suaves como pétalos y refrescantes como la brisa, aleccionaba a sus adeptos, que formaban un nutrido círculo de expectantes rostros alrededor de su enjuta figura hospitalaria: Amantes de la Rectitud , si queréis que la felicidad acuda a vuestro encuentro debéis afanaros tras ella, no os pase lo que le sucedió al cazador de mariposas. ¿Qué le sucedió a Mo-Chi?, preguntó uno de los devotos allí congregados. Mo-Chi amaba las mariposas. Eran su pasión. Decidió entonces correr tras ellas y capturarlas. Frenéticamente las acechó, las persiguió, las apresó con sus redes. Mas apenas retornaba a la choza con el codiciado botín, morían sus aladas prisioneras y, lo que es peor, como por arte de magia se desvanecían los encendidos colores que excitaban la imaginación del que las acosaba. Así, inertes y pálidas, dejaban pronto de interesar al contrariado dueño, que salía al campo una vez más con la intención de renovar la arruinada cosecha. !Tiempo perdido! Mo-Chi lograba apoderarse de otro tembloroso racimo de centellantes mariposas solo para comprobar con enojo, al vaciar sobre la mesa de su domicilio la cesta en que las iba echando, que las hermosas cautivas yacían tristemente, rígidas y quebradizas, como las ramas secas de una encina por la furia de la tormenta derribada. Y Mo-Chi, por tercera, cuarta, quinta, sexta ocasión, colgadas al hombro la red y la mochila, partía monte adentro para otra batida que al final, se revelaba tan infructuosa como las anteriores. El cazador nunca logró su objetivo. Pues lo que deseas con fervor tan pronto lo consigues pierde su encanto. Poseer es matar. Si te gustan las mariposas y quieres que revoloteen a tu lado, no las prives de su libertad, cultiva un jardín fragante en el solar de tu corazón y ellas vendrán a ti. Apenas había terminado el maestro de pronunciar el citado discurso, cuando una enorme mariposa que parecía llevar dibujado el arcoiris en sus alas llegó de alguna parte y mansamente, se posó sobre la calva resplandeciente del iluminado.
De "El hombre que descubrió la verdad (Cuentos taoistas) de León David.

6 de julio de 2011

Científicos.

Una vieja historia comenta el origen de un confuso debate de científicos. Un grupo de docentes pasó por el laboratorio para ingresar al salón de conferencias. Los profesores observaron junto a la ventana, un recipiente esférico de metal. Uno de ellos hizo notar que la parte metálica que recibía los rayos del sol estaba mucho más caliente que la opuesta, que quedaba en la sombra. Los demás comprobaron la diferencia, casi obvia, el calor, sabemos, dilato los metales. Concluida la conferencia, los profesores volvieron a pasar por el laboratorio. Esta vez, uno advirtió que la parte del cacharro que estaba frente al sol se hallaba fría, y la opuesta caliente. Se produjo una gran discusión para explicar las causas del mieterioso fenómeno calórico. ¿Cómo era posible que un objeto alejado de los rayos solares estuviera más caliente que otro próximo a ellos? Las posiciones se enfrentaban, los argumentos y los vozarrones se acumulaban. Nadie sospechó la verdad. Simplemente, mientras los profesores estaban en la conferencia, el peón del laboratorio había dado vuelta el recipienteEl darse cuenta es un hallazgo que libera. Gran parte del dolor que ensombrece nuestra vida se debe a la ignorancia. Si se elimina la incomprensión, el mal desaparece. Como por arte de magia

22 de mayo de 2011

Sabanas.






Una pareja de recién casados, se mudó para un barrio muy tranquilo.


En la primera mañana en la casa, mientras tomaba café, la mujer reparó a través de la ventana que una vecina colgaba sábanas en el tendal. -¡Qué sábanas sucias está colgando para secar!


-Está precisando de un jabón nuevo... ¡Si yo tuviera confianza con ella le preguntaría si quiere que yo le enseñe a lavar las ropas!-
El marido miró y quedó callado.






Algunos días después, nuevamente, durante el desayuno, la vecina colgaba sábanas y la mujer comentó con el marido: -¡Nuestra vecina continúa colgando las sábanas sucias! ¡Si tuviera confianza con ella le preguntaría si quiere que yo le enseñe a lavar las ropas!-
Y así, cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso, mientras la vecina tendía sus ropas.
Había pasado un mes, la mujer se sorprendió al ver las sábanas siendo tendidas, y entusiasmada fue a decir al marido.
-¡Mira, ella aprendió a lavar las ropas! ¿Será que la otra vecina le enseñó?... Porque yo no hice nada. -El marido calmosamente respondió:
-¡No, hoy yo me levanté más temprano y lavé los vidrios de nuestra ventana!-


Y así es. Todo depende de la ventana, a través de la cual observamos los hechos. Antes de criticar, verifiquemos si hicimos alguna cosa para contribuir. Aprendamos a ver nuestros propios defectos y limitaciones.