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12 de febrero de 2012

Transitoriedad.


Un hombre que no estaba de acuerdo con las enseñanzas del Buda, al cruzarse un día con el Maestro, se plantó frente a él y le escupió el rostro. Luego, cada uno siguió su camino. Pero unos días después, el Buda volvió a cruzarse con el que así se había comportado.  Buda le miró sosegadamente y le sonrió con afecto. El hombre, muy extrañado, dijo: Pero ¿cómo es posible que estés tranquilo e incluso me sonrías amistosamente después de lo que pasó hace unos días? Es muy simple, amigo mío, dijo Buda sin inmutarse. Ni tú eres ya el mismo que me escupió ni yo el que lo recibió. Ve en paz.

Todo está en constante cambio, sometido a la ley de la transitoriedad, incluidos, por supuesto, los humores del ser humano. Del rencor sólo surge perjuicio propio y ajeno, como vengativismo y resentimiento destilan veneno.


De Cuentos de Oriente de Ramiro Calle.

20 de noviembre de 2011

El arroyo.

Y sucede espontáneamente, porque en el momento en el que te sientas en la orilla de tu mente, has dejado de darle energía. Ésa es la auténtica meditación. La meditación es el arte de la trascendencia.

Un día Budha pasaba a través de un bosque. Era un caluroso día de verano y tenía mucha sed. Le dijo a Ananda, su principal discípulo:
-Ananda, regresa. Cuatro o cinco kilómetros más atrás hemos pasado por un pequeño arroyo. Tráeme un poco de agua. Llévate mi cuenco de mendicante. Tengo mucha sed y estoy cansado -había envejecido.
Ananda volvió hacia atrás… pero cuando llegó al arroyo, acababan de cruzarlo unas carretas tiradas por bueyes que habían enturbiado toda el agua. Las hojas muertas, que estaban reposando en el fondo, habían subido a la superficie, esta agua ya no se podía beber; estaba demasiado sucia. Regresó con las manos vacías y dijo:
-Tendrás que esperar un poco. Iré por delante. He oído que a sólo cuatro o cinco kilómetros de aquí hay un gran río. Traeré el agua de allí. Pero Budha insistió:
-Regresa y tráeme el agua de ese arroyo.
Ananda no podía entender la insistencia, pero si el Maestro lo dice, el discípulo tiene que obedecer. A pesar de lo absurdo de la situación -que de nuevo tiene que caminar cuatro o cinco kilómetros, y sabe que no merece la pena beber ese agua-, él va. Cuando está yendo, Buda le dice:

11 de abril de 2011

Ni tu ni yo somos los mismos.


Entre sus primos, se encontraba el perverso Devadatta, siempre celoso del maestro y empeñado en desacreditarlo e incluso dispuesto a matarlo.
Cierto día que el Buda estaba paseando tranquilamente, Devadatta, a su paso, le arrojó una pesada roca desde la cima de una colina, con la intención de acabar con su vida. Sin embargo, la roca sólo cayó al lado del Buda y Devadatta no pudo conseguir su objetivo. El Buda se dio cuenta de lo sucedido y permaneció impasible, sin perder la sonrisa de los labios.
Días después, el Buda se cruzó con su primo y lo saludó afectuosamente. Muy sorprendido, Devadatta preguntó: 
-¿No estás enfadado, señor? 
-No, claro que no.

Sin salir de su asombro, inquirió: 
-¿Por qué? 
Y el Buda dijo: 
-Porque ni tú eres ya el que arrojó la roca, ni yo soy ya el que estaba allí cuando fue arrojada.             
            
El Maestro dice: 
Para el que sabe ver, todo es transitorio; para el que sabe amar, todo es perdonable.

30 de noviembre de 2010

En busqueda del Budha Milarepa

Cuenta la leyenda que una vez un monje budista decidió viajar para encontrarse con su maestro. Si todo iba bien le llevaría tres semanas llegar hasta Buda. Pero no. Cada vez que se acercaba a la ciudad que Buda visitaba, algo lo retrasaba. Siempre alguien que necesitaba ayuda, evitaba, sin saberlo, que el monje llegara a tiempo. Esta situación se repitió veinte años y el monje perseveraba en seguir la ruta de Buda. Al fin, el monje se enteró de que el gran maestro volvía a morir en su ciudad natal. 


-"Esta vez- se dijo, -es mi ultima ocasión. No puedo distraer mi camino. Nada es más importante que ver a Buda. Ya habrá tiempo para ayudar a los demás. 

Avanzó con convicción, pero en el portal del pueblo, casi tropezó con un ciervo herido. Lo auxilió, le dio de beber y cubrió sus heridas con barro fresco. Con ternura acomodó al animal contra unas rocas para seguir su marcha, le dejó agua y comida al alcance del hocico y se levantó para irse. El ciervo boqueaba tratando de tragar aire. Solo llegó a hacer dos pasos, porque inmediatamente se dio cuenta de que no podía presentarse ante Buda sabiendo en lo profundo de su corazón que había dejado solo a un indefenso moribundo. El monje descargó la mula llorando y se quedó a cuidar al animalito. Toda la noche veló su sueño como si cuidara a un hijo. Le dio de beber y cambió paños sobre su frente. Al ver al ciervo recuperado, el monje se levantó, y mirando hacia la ciudad lloró. Había perdido su ultima oportunidad. 

-"Ya nunca podré encontrarte"- se dijo. 

-No sigas buscándome- le dijo una voz que venía desde sus espaldas -porque "ya me has encontrado". El monje giró y vio como el ciervo se llenaba de luz y tomaba la redondeada forma de Buda. 

-"Me hubieras perdido si me dejabas morir esta noche para ir a mi encuentro en el pueblo. Respecto de mi, no te inquietes, Buda no puede morir mientras existan quienes como tú, son capaces de elegir el camino de cuidar la vida de otros aún sacrificando sus propios deseos. Eso es el Buda. Y está en tí".

Fin del mundo.

Una vez la liebre dormía debajo de un mango. De repente oyó un fuerte ruido y creyó que se acababa el mundo y desaforada echó a correr, corría y corría tan rápido que los animales a su paso preocupados le preguntaron ¿por qué corres tan rápido? 



La libere gritó: ¡por que viene el fin del mundo!. Los gamos asustados la siguieron y así poco a poco una especie tras otra las seguía hasta que toda la selva corría desaforada en tal estampida que habría terminado en la destrucción de todos. 

Cuando Buda, que entonces vivía como sabio, en una de las muchas formas de su existencia, preguntó al último grupo por qué se había unido a la estampida y ellos dijeron: porque se acerca el fin del mundo. Buda respondió: esto no puede ser ¿quién les dijo eso?, vamos a averiguar qué es lo que les hizo pensar así. 

29 de noviembre de 2010

Talante de inafectación.

A menudo los discípulos del Buda eran verbalmente agredidos, cuestionados y humillados por las gentes que, aviesamente, querían herirles por falta de comprensión. El mismo Buda era a veces mal recibido en ciudades o pueblos y tenía que soportar injurias, insultos y desprecios. Era el hombre más lúcido y compasivo de su época y, sin embargo, le insultaban y menospreciaban. 

Cierto día un grupo de ortodoxos fanáticos llegó hasta él y comenzaron a increparlo reprochándole que no tenía ningún conocimiento válido y mofándose de sus enseñanzas. No perdió la sonrisa de los labios; no se inquietó; no reaccionó. Pero algunos de sus discípulos, ante tanta injusticia, se dispusieron a replicar; pero el Buda los calmó y les dijo: ¡Dejad en paz a esos discutidores. No os alteréis y mucho menos vayáis a preocuparos por mí. Sabed, mis buenos amigos, que el mundo discute conmigo, pero yo no discuto con el mundo.

El Maestro dice: Cuando el huracán sopla violenta y destructivamente, el lirio se pliega sobre la tierra y, tras el huracán, se yergue en todo su esplendor.