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16 de marzo de 2011

El roble y la hiedra.

Un hombre edificó su casa. Y la embelleció con un jardín interno. En el centro plantó un roble. Y el roble creció lentamente. Día a día  echaba raíces y fortalecía su tallo, para convertirlo en tronco, capaz de resistir los vientos y las tormentas.



Junto a la pared de su casa plantó una hiedra y la hiedra comenzó a levantarse velozmente. Todos los días extendía sus tentáculos llenos de ventosas, y se iba alzando adherida a la pared.
Al cabo de un tiempo la hiedra caminaba sobre los tejados. El roble crecía silenciosa y lentamente.
-"¿Cómo estás, amigo roble?", preguntó una mañana la hiedra.
-"Bien, mi amiga" contestó el roble.
-"Eso dices porque nunca llegaste hasta esta altura", agregó la hiedra con mucha ironía. "Desde aquí se ve todo tan distinto. A veces me da pena verte siempre allá en el fondo del patio".
-"No te burles, amiga", respondió muy humilde el roble. "Recuerda que lo importante no es crecer deprisa, sino con firmeza".
Entonces la hiedra lanzó una carcajada burlona.