Había dejado atrás su juventud buscando afanosamente en disciplinas y filosofías tan dispares como el zen, budismo, sintoísmo, islam, cristianismo, judaísmo, la practica del yoga y la meditación, aquellas respuestas que su espíritu inquieto necesitaba tan imperiosamente. Podía decirse de él que ya lo había probado todo. De ninguna de sus tentativas logró el resultado esperado, más bien al contrarío; cada vez era mayor su confusión y frustración. Hasta que un día, resignado ya, decidió rendirse y renunciar a toda búsqueda.
Abatido por lo que él sentía como el abrumador peso de la derrota, fue dando tumbos, sin ocupación ni meta.
Más, un día, alcanzó a oír lo que un grupo de jóvenes con el entusiasmo propio de su juventud comentaban:
-Pues si, dicen de él que es no solo un gran maestro, sino que, además es el mejor, el más sublime, el primero, el más grande...

