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3 de agosto de 2011

Felicidad divina.


En cierta ocasión se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y la mujer; planearon hacerlo a su imagen y semejanza, entonces uno  de ellos dijo: esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza,  van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia iguales a  las  nuestras; debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de no ser así, estaríamos creando nuevos dioses.
Debemos quitarles algo, pero, ¿Qué les quitamos? Después de mucho pensar  uno de ellos dijo: ¡Ah!! ¡ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la encuentren jamás. Propuso el primero: Vamos a esconderla en la cima del monte más alto del  mundo; a lo que inmediatamente repuso otro: no, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien subirá, y la encontrará, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde está.Luego propuso otro: Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar, y otro contestó: no, recuerda que les dimos inteligencia; alguna vez alguien construirá una máquina con la que podrá bajar, entonces la encontrará. Uno más dijo: Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra. Y le  dijeron: No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien construirá una  nave en la que pueda viajar a otros planetas y la descubrirá, y entonces  todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros. El último de ellos, era  un Dios que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás Dioses. Analizó en silencio cada una de ellas, y entonces rompió el silencio y dijo: creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren. Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono: ¿Dónde? La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán. Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así.
El hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo...

16 de febrero de 2011

Los cuatro enemigos naturales.

Sábado, 8 de abril, 1962
En nuestras conversaciones, don Juan usaba a menudo la frase "hombre de conocimiento", o se refería a ella, pero nunca explicaba qué quería decir. Inquirí al respecto.
-Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender – dijo-. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que puede en desenredar los secretos del poder y el conocimiento.
-¿Puede cualquiera ser un hombre de conocimiento? -No, no cualquiera, 
-¿Entonces qué debe hacer un hombre para volverse hombre de conocimiento? -Debe desafiar y vencer a sus cuatro enemigos naturales.
-¿Será un hombre de conocimiento tras derrotar a estos cuatro enemigos?
-Si. Un hombre puede llamarse hombre de conocimiento sólo si es capaz de vencer a los cuatro.
-Entonces, ¿puede cualquiera que venza a estos enemigos ser un hombre de conocimiento?
-Todo el que los venza se convierte en un hombre de conocimiento.
-¿Pero hay requisitos especiales que un hombre debe cumplir antes de luchar con estos enemigos?
-No hay requisitos. Cualquiera puede tratar de llegar a ser hombre de conocimiento; muy pocos llegan a serlo, pero eso es natural. Los enemigos que un hombre encuentra en el camino para llegar a ser un hombre de conocimiento son de veras formidables, de verdad poderosos; y la mayoría, pues, se pierde. -¿Qué clase de enemigos son, don Juan?
Se negó a hablar de los enemigos. Dijo que pasaría largo tiempo antes de que el tema tuviera algún sentido para mí. Traté de mantener vivo ese tema, y le pregunté si pensaba que yo podía volverme hombre de conocimiento. Dijo que nadie podía decir eso de seguro. Pero yo insistí en preguntar si había algunas pistas que él pudiera usar para determinar si yo tenía o no oportunidad de convertirme en un hombre de conocimiento. Dijo que dependería de mi batalla contra los cuatro enemigos -de si podía yo vencerlos o salía vencido- pero que era imposible predecir el resultado de esa lucha.

16 de enero de 2011

En busca de la felicidad.

En cierta ocasión se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y a la mujer; planearon hacerlo a su imagen y semejanza, entonces uno de ellos dijo:
“Esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza ,van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra. Debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de no ser así, estaríamos creando nuevos dioses. Debemos quitarles algo, pero, ¿Qué les quitamos?”

Después de mucho pensar uno de ellos dijo: “Ah!! ya sé!. Vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser dónde esconderla para que no la encuentren jamas”.


Propuso el primero: “Vamos a esconderla en la cima del monte mas alto del mundo”; a lo que inmediatamente respondió otro: “no, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien subirá, y la encontrará; y si la encuentra uno, ya todos sabrán dónde está”.
Otro dijo: “Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra”. Y le dijeron: “No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien construirá una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la descubrirán, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a Nosotros “.
El último de ellos, era un Dios que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las
propuestas de los demás dioses, analizó en silencio cada una de ellas y entonces rompió el silencio y dijo:
“Creo saber dónde ponerla para que realmente nunca la encuentren”; todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono: “¿Dónde? “.


“La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que nunca la encontrarán”.

Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así, el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la trae consigo…

8 de enero de 2011

Lobo con piel de hombre.


Era una de esas tardes en las que nada había que hacer y la loba paseaba con su cachorro inquieto en busca de alimento. Se resguardaron bajo unos matorrales y esperaron que sigiloso pasara el cazador que olfatearan minutos antes.


El frío cañón del arma se asomó entre la enramada y las botas del hombre castigaban con su peso, las hojas secas que se negaban a gritar. caminó un poco, encendió su cigarro y esperó. El cachorro indignado preguntó a su astuta madre:

-Mamá, la grama verde y generosa tiene un enemigo: las ovejas, que se alimentan de ella para sobrevivir, hasta el día de su muerte. Las ovejas tienen un enemigo, nosotros, los lobos, que nos alimentamos de ellas cuando es posible, hasta el día de nuestra muerte. Nosotros tenemos un enemigo: el hombre, que quema nuestros bosques, nos pone dolorosas trampas y mata a los de nuestra especie por deporte o por ignorancia, hasta el día de su muerte. Pero madre, tiene el hombre un enemigo?
La loba clavó su mirada fría en el hijo amado y respondió:

-Hijo mío, el enemigo del hombre, es el hombre, hasta el día de su muerte.

2 de enero de 2011

El hombre en la roca.

Recuerdo una historia de un hombre que estaba sentado en una roca y teniendo sed miró hacia un valle lejano que estaba lleno de pozos y salió rápido hacia allá para encontrar agua con qué apagar la sed.


Cuando llegó al valle, después de mucho andar, comprobó que cada pozo tenía una profundidad diferente y que mientras más se alejaba, mas profundos resultaban ser los pozos.

Como no tenía nada con que sacar esas aguas, miraba ansioso hacia lo profundo del pozo pensando en lo deliciosas que debían ser esas aguas profundas si las pudiera tomar.

Y así estuvo recorriendo pozo tras pozo pensando que las aguas que allí había podrían calmar su sed, sin lograr más que nuevos deseos de tomar las aguas de aquellos pozos.

Después de mucho andar sin lograr mitigar su sed, que cada vez era más aguda, se encontró con un campesino que, sentado bajo una palmera, tomaba con deleite sorbos de agua de un cántaro que tenía.

Corriendo hacia el hombre cayó ante sus pies y le pidió agua que calmase su sed.

El campesino le dijo: No te arrodilles, levántate y toma, yo estaría igual que tú antes de pasar por el mismo camino. Si no tuviera aguas para el viaje desfallecría y moriría de sed ¡Ah! yo no vengo a este lugar si no traigo agua suficiente para no padecer al no poder extraer aguas de tantos pozos que hay aquí, cuál de ellos más profundo, y cuál de ellos más empinado. Toma un poco, bebe y ve a buscar agua para ti para que no padezcas más sed.

¿Pero dónde...? preguntó angustiado el hombre.

En la roca que hay allá arriba, contestó el otro. 

Pero, yo estuve sentado sobre ella y no vi ninguna agua...

El otro lo miró y sonriendo le preguntó: ¿Miraste debajo de ella? 

No, contestó el hombre extrañado...

Debajo de la roca hay un manantial de aguas inacabables, Ve, regresa y sáciate... A todos los que se sientan en la roca les pasa igual, es tan fácil y simple tomar esas aguas que corren silentes y seguras que no creen que con ellas nunca más tendrán sed.